La frontera que no se ve: Crónica sobre el antifouling, la industria salmonera y los mares que callan en Magallanes

5/5/2026

El antifouling es el “antibiótico” invisible de la salmonicultura. Y compite en opacidad con los datos de antibióticos: mientras Sernapesca publica cada año el detalle de toneladas de principio activo de antimicrobianos usados en los centros de cultivo, una vitrina de transparencia, no existe ningún reporte agregado público sobre el uso de pinturas antifouling.

La frontera que no se ve

Crónica sobre el antifouling, la industria salmonera y los mares que callan

Por Lucho Ruiz Subriavre

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Foto de gaspar zaldo en Unsplash

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El zodiac que surca la penumbra

Marcos ajusta el motor fuera de borda. El zodiac se desliza por las aguas del Estrecho de Magallanes, bordeando la Península Brunswick. El color rojizo de los cerros delata el otoño de la Patagonia. El viento corta la cara y el olor a mar se mezcla con el diésel. Marcos trabaja para una empresa de servicios vinculada a la salmonicultura. Lleva repuestos e instrucciones. Su destino: Isla Capitán Aracena, más al sur, donde las jaulas flotan en un fiordo.

Bajo el agua, hay un secreto que Marcos intuye pero no nombra. Las redes de los centros de cultivo están recubiertas de pinturas antifouling, compuestos químicos diseñados para evitar que organismos como microalgas, crustáceos y moluscos se adhieran a las mallas. Sin ellas, la producción colapsaría. Con ellas, las aguas que él recorre acumulan, año tras año, cantidades desconocidas de cobre, zinc y otros biocidas.

Marcos desconoce los alcances de la industria para la que presta servicios. Como la mayoría de los trabajadores de la salmonicultura, navega en la superficie de un problema que se hunde en los sedimentos. Hace pocas semanas, en el Parlamento chileno, el gremio salmonero de Magallanes y la delegada presidencial se pusieron de acuerdo: la producción debe expandirse. Las razones económicas parecen evidentes: el salmón crece rápido, la demanda global no cesa, los empleos se cuentan por miles.

Pero abajo, muy abajo de esas razones, hay otra historia. Una historia que no aparece en los informes de exportación, ni en los balances trimestrales, ni en los discursos de las autoridades. Es la historia de las toneladas de biocidas que se filtran lentamente en los fiordos de la Patagonia, sin que nadie las mida, sin que nadie las nombre, sin que nadie pregunte por las vidas que empiezan a rastrear el fondo con branquias heridas.

Marcos conduce rumbo al sur. El zodiac corta el agua. Abajo se está librando una guerra silenciosa contra formas de vida que no pueden huir.

El espejismo de la red limpia

La industria salmonera chilena es la segunda más grande del mundo. Produce más de 800.000 toneladas anuales, exporta a decenas de países, genera divisas. Pero para que los salmones crezcan en densidades antinaturales dentro de jaulas flotantes, las redes deben permanecer limpias. El fouling, incrustaciones de algas, bálanos, lapas, hidrozoos, obstruye las mallas, reduce el flujo de agua, baja el oxígeno y puede matar a los peces por asfixia.

La solución técnica de la industria son las pinturas antifouling. El compuesto más utilizado es el óxido de cobre (Cu₂O) , un biocida que libera iones metálicos al agua, creando una zona tóxica alrededor de la red que repele a los organismos. En algunos centros, se añaden otros ingredientes: zinc, tralopirilo, incluso compuestos orgánicos de estaño (TBT), prohibidos internacionalmente por la Organización Marítima Internacional, pero que un estudio de 2020-2025 se detectó en las pinturas en uso.

Lo que el ojo del consumidor no ve, el sedimento lo registra.

El único estudio sistemático disponible en fuentes abiertas es el de Rodrigo Vera y su equipo (Universidad Católica del Norte, 2015). Analizaron sedimentos en tres áreas de la Región de Los Lagos y Aysén. Encontraron concentraciones de cobre que superaban las 800 µg por gramo de sedimento seco bajo las jaulas. Ese número no es una abstracción. Es un umbral donde muchas especies bentónicas, gusanos, crustáceos, moluscos, empiezan a desaparecer.

El mismo estudio no detectó cambios significativos en la abundancia total de macrofauna acompañante. Pero eso no es una buena noticia. Es una pista de un colapso previo: cuando el ecosistema ya perdió las especies más sensibles hace años, lo que queda son unas pocas tolerantes al cobre. La línea base se ha desplazado. Y nadie llevaba el registro.

Marcos no sabe nada de esto. Él solo sabe que los centros donde ha trabajado a veces tienen olores extraños, que el agua a veces se ve más turbia de lo que debería. Pero no es su trabajo preguntar. Su trabajo es operar el zodiac.

El giro que la industria no quiere nombrar

El antifouling es el “antibiótico” invisible de la salmonicultura. Y compite en opacidad con los datos de antibióticos: mientras Sernapesca publica cada año el detalle de toneladas de principio activo de antimicrobianos usados en los centros de cultivo, una vitrina de transparencia, no existe ningún reporte agregado público sobre el uso de pinturas antifouling. Ni cuántas toneladas de cobre se liberan al año, ni qué tipo de formulación se aplica, ni cuántas redes se limpian con métodos que desprenden partículas tóxicas al agua.

El giro que incomoda es este: mientras la industria celebra el crecimiento del 20,7% en exportaciones, y la producción salmonera en Magallanes, los sedimentos siguen acumulando veneno. Y las preguntas que no se responden se multiplican.

Volver al zodiac, volver al mar

Marcos regresa de sus faenas. El zodiac, ahora más liviano, corta las aguas del estrecho en dirección a Punta Arenas. El atardecer tiñe el horizonte de naranja y gris. Piensa en su familia, en la cuenta del supermercado, en la próxima semana.

No sabe que, mientras él navega, una científica de la Universidad Técnica Federico Santa María llamada Carolina Parra ha patentado una pintura antifouling a base de nanomateriales cuya acción es física (no química): atóxica, sin metales pesados, validada en un centro de cultivo de Puerto Cisnes. No sabe que esa tecnología, como otras alternativas (mallas de aleación de cobre, sistemas mecánicos de oxigenación), podría reducir drásticamente la contaminación si la industria la adoptara masivamente. Pero la adopción no ocurre porque cuesta, porque la regulación no la exige, porque la opacidad es funcional.

Marcos también ignora que en las costas del mar patagónico, hay comunidades que son afectadas sin saber por comer choritos y erizos. No porque ya no los haya, sino porque tienen miedo. En los cuerpos de esos mariscos, los metales pesados dejan una huella que no se ve a simple vista, pero que los análisis de laboratorio podrían detectar, si alguien los hiciera.

El zodiac se acerca al muelle. Marcos amarra la embarcación. Apaga el motor. El silencio del puerto es distinto al silencio del los canales. Aquí huele a ciudad, a tráfico, a pan y café. Mañana le asignarán otra faena. Las redes seguirán sumergidas. El cobre seguirá lixiviándose. El informe que nadie pidió seguirá sin escribirse.

Hay una pregunta que Marcos no sabe que está haciendo, aunque la lleva en el gesto cansado de sus hombros: ¿hasta cuándo el mar austral podrá seguir tragando lo que le echamos sin devolver nada? Porque el mar no habla. Pero los peces que mueren, los choritos que se retiran de las ollas, las mareas rojas que cierran las caletas, todo eso es un lenguaje. Solo que nadie lo traduce.

El zodiac está quieto. El motor todavía tibio. Marcos salta al muelle sin mirar atrás. Pero nosotros, desde Ecos del Sur, nos quedamos mirando el agua. Y en esa agua, una pregunta que la industria y el Estado prefieren no ver: ¿cuántas toneladas de cobre se necesitan para que un fiordo deje de ser hogar y se convierta en archivo de una herida que no supimos curar?

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Nota editorial

Esta crónica fue tejida con la ficha situacional del Laboratorio de Investigación de Antartikus Estudio sobre el uso de antifouling en la industria salmonera (5 de mayo de 2026) y con la escena inicial del zodiac de Marcos. Los datos sobre concentraciones de cobre, estudios académicos, tecnologías alternativas y vacíos regulatorios provienen de fuentes verificadas citadas en la ficha. La identidad de Marcos es una construcción narrativa basada en testimonios de trabajadores de la industria; su nombre ha sido cambiado por razones de privacidad.

La crónica se inscribe en la sección “ConCiencia Sur” de Ecos del Sur, como parte de nuestra indagación sobre los metabolismos extractivos, las fronteras químicas invisibles y la posibilidad de construir futuros donde el cuidado del agua no sea una externalidad, sino el centro de la decisión.

Punta Arena